BESTIARIO
¡Bienvenido!
Caminante, ahora entrarás conmigo a un lugar impensado, con precipicios y turbadores rincones, que nos aguarda escondiendo las más inesperadas criaturas que han jamás llenado los momentos más álgidos de nuestra imaginación. Aprenderás a correr detrás de los nimis, caminarás observando a los pogalús y abrigarás la esperanza de ver algún zeo perdido entre el follaje. No, no te emociones tanto, no entres en las viejas sendas que llevan a la cima, pues allí, escondido entre los picos del monte aguarda el temible Irón, a veces visible y a veces tan transparente como el aire. No te dejes llevar por sus colores hermosos y que su canto espectral te advierta, porque cuando estés cerca… no hay escapatoria. Vamos caminante, no te desanimes, te invito a acompañarme en esta aventura por el viejo monte que se encuentra frente al Lago de la Noche, entre este mundo y el otro; te invito a subir conmigo el Mictlantépetl.
El Lago de la Noche
El autobús nos ha dejado ya varios kilómetros atrás; no hay ni un alma alrededor, sólo tú, caminante, y yo nos hacemos compañía. Una mochila a la espalda es todo lo que necesitamos. El aire a veces nos empuja sobre nuestros pasos. Se dice que en este punto convergen todas las corrientes, y se han formado peligrosos tornados cuyo origen es éste mismo lugar. A lo lejos, en calma, se aprecia el lago con sus piedras negras rodeándolo como si fuesen zamuros bebiendo de él. Nos apresuramos tapándonos la boca y los ojos por la arena que levanta el aire, hasta sentirlo menos fuerte, en un lugar calmo ya muy cerca del lago. El sol está saliendo por el oriente y pronto todo se ilumina… excepto el lago, que permanece oscuro junto a sus piedras, y sin que ninguna ráfaga de aire moleste sus aguas. Me asomo por la orilla. Nada, sólo distingo mi reflejo en la superficie de las aguas. Dicen que dentro del lago habitan especies que nadie ha visto jamás. Supongo que no hay ser que se haya aventurado aún en esas aguas sombrías e imperturbables. Pero bueno, sigamos nuestro camino, frente a nosotros se perfila nuestra meta: el Mictlantépetl.
Nimi
Apenas acercándonos al monte vemos que un nimi sale por entre los matorrales. Es joven, no conoce aún el peligro. Los nimis más experimentados no saldrían así frente a un ser extraño, porque para ellos somos completamente extraños. Son redondos, pequeños… me recuerdan esas películas del viejo oeste donde bolas de polvo pasan rodando por el desierto. Eso parecen, enormes bolas de polvo, pero de colores increíbles. Si te fijas bien cuando ruedan, fácilmente puedes ver el espectro del arcoíris en uno solo. Durante el solsticio de verano se juntan en grandes manadas y ruedan hasta llegar a la orilla del lago, suben a esas rocas achatadas que hay por todo el derredor y cantan; es una lástima que no hayamos venido en ese momento, dicen que oírlos cantar es lo más hermoso del mundo. Todo el resto del año son animales solitarios. Los nimis crecen pegados al seno de sus madres, luego, al año de nacidos, se despegan de ella y se alejan a vivir su propia vida. No hay nimis machos pero no se necesitan, cada seis años un nuevo ser crece pegado al pecho del anterior.
Hay muchísimos nimis en todo el monte pero es difícil verlos por sus rápidos reflejos, así que permanezcamos muy quietos frente a éste, al que la curiosidad ha llevado a acercarse un poco más. Se dice que se alimentan de pequeños yigzags, pero cuando estos se acaban hay muchos problemas entre ellos y llegan a pelear a muerte unos con otros sacando sus pequeñas garras y dientes, porque aunque no se ven mas que como bolas peludas ese pelo esconde su verdadera figura. Los nimis son muy violentos entre ellos y es por eso que viven en soledad.
Nos arriesgamos a dar un pequeño paso hacia el frente y el nimi se esfuma tan rápidamente como había aparecido. ¡Qué lástima! Pero no nos interesa correr tras él. Sigamos buscando más cosas interesantes.
Yigzag
Por cierto, el yigzag es una especie de insecto pequeño, casi microscópico, que se alimenta de la sangre de los animales. Es una especie de mosquito miniatura de color rojizo. Te recomiendo, caminante, que te pongas repelente de una vez, sobre todo en cara, brazos y piernas.
Los yigzags se reproducen de una forma interesantísima: el macho deposita su semilla en unos picos que salen de la cabeza de la hembra y ella de ese líquido combinado con fluidos que posee crea una tela parecida a la de la araña, pero con colores fuertes y muy distintos. Dicen que la primera vez el color de la tela es morado vibrante y cuando ya están ancianas es de un rojo muy parecido al de sus cuerpos. En cada pequeña intersección de la tela descansa un microscópico huevecillo que lleva por seis horas a la cría. Después, al nacer, su primer alimento es esa misma cuna maravillosa que les han construido. Comen un poco y luego empiezan a volar, listos para buscar su propio alimento. Andan siempre en conjunto y parecen una nube roja cuando les ves de lejos. Ten cuidado, pues hay nubes de todos tamaños y si te atrapa una grande puede, incluso, acabar con tu vida. ¿Ya te has puesto el repelente?
Próximamente en sus librerías favoritas...
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