lunes, 31 de enero de 2011

Calacas simpluchas

Leía a Baudelaire de día
de noche leía a Rimbaud
y que la flaca le dijo
¿Qué crees? Leer te mató.

Con libros de Paz en mente
empezó alegre a escribir
y que le llega la muerte
y le dice ven aquí.

La muerte muy presurosa
no dejó de trabajar
y es que alguien muy sensible
no soportó a Balzac.

Pobre tonto Dostoievski
con su Crimen y Castigo
que ahora la muerte usa
como un arma en su trabajo.

Hablando de otros ladrillos
Payno estaba con la flaca
cuando entonces, de repente,
que Los bandidos... lo atacan.

Usando entonces los libros
la calaca se llevó
a todos los estudiosos
que en Letras encontró.

No más escribir los versos
las rimas dejen en paz
o la flaca chocarrera
a todos nos llevará.

Nos jalará de las patas
y estando aún en pleno día
ninguno lo contaremos
si no es en la tumba fría.

Calaverinas

Esa loca calavera
a la escuela se metió
y entre risas, medio loca
a todos nos acabó.

No más ensayos nos dijo
bien sonriente la calaca
mientras quemaba las hojas
de José Luis la muy urraca.

Luego se fue despacito
a pasear al pasillito
donde se llevó entre piernas
al pobre pofe Mayito.

Siguió después por ahí
hasta que una clase halló
y la pobre maestra Lupe
ni las Flores se llevó.

Se sintió bien semantista
y que va a clase de Monse
y tras el primer regaño
se la llevó y le dijo "conste".

Viendo de atrás al gordito
penso que era Santa Clause
pero era el Angel José
al que entre gritos llevó.

Ariadna bien asustada
entre libros se escondía
"no vaya a ser que esa alma
se lleve también la mía".

Pero los maestros difuntos
de la muerte regresaron
y le pegaron buen susto
a todos los i-letrados.

Los alumnos se murieron
no es dificil de entender
que se murieron del susto
y dejaron de leer.

LA VERDAD INCÓMODA

Un auditorio amplio a reventar. Casandra en primera fila y Al Gore en el estrado justo después de haber terminado de ver La verdad incómoda.

Estudiante X: ¿Y qué podemos hacer para detener los efectos del calentamiento global?

Al Gore: Primero que nada debemos crear conciencia en familia y amigos, no necesitamos mirar al vecino y ver que él recicla para hacerlo también nosotros porque entonces nunca habrá un vecino que haga la diferencia. Se pueden hacer cosas tan sencillas como reciclar, evitar tener encendidos los aparatos electrónicos que no se estén utilizando y cuidar el agua, y con que una sola persona lo haga en una cuadra se verá una gran diferencia, ahora imagina lo que pasaría si una sola persona en cada cuadra del mundo lo hiciera, el mundo sería un lugar mejor.

Casandra: Señor Gore, ¿qué cree que deberían hacer los dueños de lugares donde se ejerce la macrominería de oro y plata en el mundo, siendo que es una actividad que causa una terrible contaminación, daños a la tierra y que no ha tenido grandes avances en cuanto a la protección de vidas como lo hemos visto recientemente, con la pérdida de varias personas cuando se vino abajo una mina?

Al Gore: En efecto es un tema difícil de tratar, y entiendo que estén interesados ya que México tiene una gran industria minerometalúrgica. El oro y la plata deben ser sometidos a un proceso llamado lixiviación, con cianuro de sodio. Luego irá a un circuito de decantación para separar los minerales ricos mientras que los sólidos residuales se los tratará con anhídrido sulfuroso, intentando eliminar el cianuro residual y luego irá al tranque de relaves. Mediante polvo de zinc, en un proceso llamado Merryl Crowe, se obtiene una precipitación de oro y plata que con el zinc se fusiona en barras de metal Doré. El proceso deja un cóctel tétrico de residuos que se filtran y suelen llegar a depósitos de aguas y, en mayor medida, al mar, causando una gran contaminación y pérdida de la flora y fauna del lugar. Lo que se debe esperar es una regulación especial que se lleva años pidiendo y que no se ha terminado de gestar en las cámaras de la minería mundial, tristemente hasta la fecha las leyes tienen tantos agujeros que permiten que varias minas con los cuidados mínimos sigan operando.

Casandra: Y entonces, ya que el zinc es uno de los elementos principales para que esta minería se lleve a cabo, ¿no cree que parte de la culpa la tienen aquellos que lo extraen de minas… digamos, minas como la suya? (Al Gore permanece callado con un gesto de sorpresa, cuando se dispone a hablar Casandra lo interrumpe) Y además, si lo que debemos hacer es utilizar menos recursos terrestres, ¿por qué no viaja en vuelos comerciales y nos ahorra combustible, por qué utiliza su avión privado que cuesta, por cierto, más de lo que necesitan cien niños en África para mantenerse? ¿Por qué, además, no tiene una casa pequeña que utilice sólo lo que necesita y por qué gasta tanto dinero en justificarse con una cinta que le parece una “verdad incómoda”?

Al Gore se queda en silencio…  la luz se apaga.

UN MOMENTO CON CASANDRA



Casandra. Jovencita regordeta. Viste jeans y camiseta negra y lleva una gorra sosteniendo su cabello. Trae una pequeña libreta.
Aslaksen y Hovstad. Hombres maduros. Ropas burguesas a la usanza europea de finales de 1800.
Una vieja sala de imprenta con pequeños rechinidos aquí y allá. Casandra y Aslaksen.
Casandra. (Entrando con cuidado) Buenas tardes.
Aslaksen. (Saliendo de entre un montón de maquinas) Buenas tardes, ¿qué se le ofrece? (el hombre se quedará un momento sorprendido por las ropas de Casandra, luego se alejará un paso y repetirá la pregunta). ¿Qué se le ofrece?
Casandra. Me estaba preguntando si en este periódico podrían imprimir un pequeño folleto que he de llevar a mi país cuanto antes.
Aslaksen. ¡Ah!, ahora comprendo, es usted extranjero, ya se me hacía raro el acento (hace un ademán hacia la ropa). Supongo que si llena usted el registro alguno de mis compañeros podrá atenderle mañana temprano, mi oficio aquí es puramente el de impresor y vea que se lo digo moderadamente, que es mi lema, la moderación y la templanza.
Casandra. Ya lo veo, señor. Mi preocupación es que debo volver esta misma noche y no he de irme sin imprimir este panfleto. No podría usted…
Aslaksen. No por  cierto. Sería interferir en asuntos que no me corresponden, si es tanta su urgencia debe esperar a que venga por aquí el compañero Hovstad, tal es el ciudadano con el que debe usted hablar.
Casandra. Irá a tardar mucho, mi prisa no es fingida.
Aslaksen. No lo creo, debe venir ya en camino para acompañarme a la casa del infame Dr. Stockmann.
Casandra. ¿Infame? ¿Pos que hizo que se la tiran tan feo?
Aslaksen. ¿Cómo?
Casandra. Digo (dudando), que ¿qué hizo para ganarse tal sobrenombre?
Aslaksen. Pues será usted la única persona en nuestro pueblo en no saberlo. Hoy se ha mofado de todo, desde nuestras más ilustres instituciones hasta la gente más humilde (con ira contenida) pero debo controlarme, moderación ante todo.
Casandra. Pero puedo saber que dijo que arrastró consigo a todos tal como usted lo dice.
Aslaksen. Pues que ha acusado al pueblo, a esa multitud compacta e importante, honrada y bondadosa, de idiota y fácilmente controlable.
Casandra. Bueno (dice sonriendo), eso lo sabemos todos, las masas son fácilmente dominadas en mi país también, y más que con los discursos políticos es con los medios de comunicación que dicen ser voz del pueblo y para el pueblo con los que deberíamos enfrentarnos para abatir tal control mental.
Aslaksen. ¿Pero de qué se trata esto? ¿Es que usted está de acuerdo con el Dr. Stockmann? ¿Acaso él le pidió venir aquí a encararme con tales insultos? Ahora no creo que sea capaz de publicarle su panfleto, seguramente es algo contra el balneario, ya lo veo, como el doctor no pudo argüir nada en su discurso sobre ellos ahora manda a un subordinado. Ja, cree que me puede engañar, soy un hombre de talante moderado, sí, pero no por eso un tonto como él se ha atrevido a llamarnos hace una hora.
Casandra. (Sacadísima de onda) Estas mal… digo, está usted equivocado. Mi panfleto no tiene nada que ver con balnearios pueblerinos ni con el descubrimiento del Dr. Stockmann…
Aslaksen. Niega usted entonces que no conocía las razones del Dr., es demasiado tarde, le he descubierto en su mentira (Casandra se muerde el labio inferior). Ahora márchese de buena manera, no es de un hombre templado correr a un ciudadano.
Casandra. Pero de qué habla (dice moviendo las manos en negación rápidamente frente a ella), le digo que no lo conozco (calla un momento), lo he leído en el periódico, lo decía el señor alcalde de esta población.
Aslaksen. (Con recelo) Pero entonces… ¿no conoce usted al doctor?
Casandra. (Rápidamente) Para nada. Yo sólo quería que me imprimieran este panfleto.
Aslaksen. ¿Entonces cómo es posible que hable usted tan mal de la gente de su país? Mire que retorcer la máxima más sagrada del periodista, la noticia objetiva para el pueblo. La verdad es que la mayoría es siempre quien tiene la razón y no es “dominar” como usted dice, es “encauzar” a la opinión pública lo que hace un buen medio de comunicación.
Casandra. Esta usted completamente equivocado, entre que un medio de comunicación está manejado por personas y las personas siempre tendrán una postura, es imposible pensar que se dé una noticia “objetiva” al cien por ciento, máxime que por conocimiento general todos los medios de comunicación tienen tal o cual grado de corrupción.
Aslaksen. Pues este no.
Casandra. Incluso este, si leí bien, el hecho de que usted vaya dentro de un rato a visitar al buen doctor con su compañero Hovstad, será para hacerse partícipes de una ayuda de las acciones del balneario…
Aslaksen. (Interrumpiedo) ¿Cómo sabe usted eso, señor?
Casandra. Eso se quedará en un misterio, y ya me cansé de que me diga señor, soy una mujer, ¿qué no es obvio?
Aslaksen. (Confundido y bajando el tono de voz) Pues… algo… disculpe… pensé que con su ropa…
Casandra. Pos no ande pensando pensativeces  y tome (le avienta la libreta a la cabeza) ya me cansé de hablar con usted.
Hovstad entra.
Casandra. (Empujando a Hovstad) Usté quítese (sale del lugar).
Hovstad. ¿Quién era eso?
Aslaksen. Alguien que me sacó de mis casillas. (Recogiendo la libreta) Quería que imprimiésemos esto (Se la da a Hovstad).
Hovstad. (Leyendo) A ver… dice: Tarea para el Curso Monográfico de Teatro Occidental, maestra Nidia Vincent, siglo XXI. ¿Es alguna obra fantasiosa?
Aslaksen. Ni idea, amigo, ni idea.

FIN

Bestiario


BESTIARIO

¡Bienvenido!
Caminante, ahora entrarás conmigo a un lugar impensado, con precipicios y turbadores rincones, que nos aguarda escondiendo las más inesperadas criaturas que han jamás llenado los momentos más álgidos de nuestra imaginación. Aprenderás a correr detrás de los nimis,  caminarás observando a los pogalús y abrigarás la esperanza de ver algún zeo perdido entre el follaje. No, no te emociones tanto, no entres en las viejas sendas que llevan a la cima, pues allí, escondido entre los picos del monte aguarda el temible Irón, a veces visible y a veces tan transparente como el aire. No te dejes llevar por sus colores hermosos y que su canto espectral te advierta, porque cuando estés cerca… no hay escapatoria. Vamos caminante, no te desanimes,  te invito a acompañarme en esta aventura por el viejo monte que se encuentra frente al Lago de la Noche, entre este mundo y el otro; te invito a subir conmigo el Mictlantépetl.



El Lago de la Noche
El autobús nos ha dejado ya varios kilómetros atrás; no hay ni un alma alrededor, sólo tú, caminante, y yo nos hacemos compañía. Una mochila a la espalda es todo lo que necesitamos. El aire a veces nos empuja sobre nuestros pasos. Se dice que en este punto convergen todas las corrientes, y se han formado peligrosos tornados cuyo origen es éste mismo lugar. A lo lejos, en calma, se aprecia el lago con sus piedras negras rodeándolo como si fuesen zamuros  bebiendo de él. Nos apresuramos tapándonos la boca y los ojos por la arena que levanta el aire, hasta sentirlo menos fuerte, en un lugar calmo ya muy cerca del lago. El sol está saliendo por el oriente y pronto todo se ilumina… excepto el lago, que permanece oscuro junto a sus piedras, y sin que ninguna ráfaga de aire moleste sus aguas. Me asomo por la orilla. Nada, sólo distingo mi reflejo en la superficie de las aguas. Dicen que dentro del lago habitan especies que nadie ha visto jamás. Supongo que no hay ser que se haya aventurado aún en esas aguas sombrías e imperturbables. Pero bueno, sigamos nuestro camino, frente a nosotros se perfila nuestra meta: el Mictlantépetl.


Nimi
Apenas acercándonos al monte vemos que un nimi sale por entre los matorrales. Es joven, no conoce aún el peligro. Los nimis más experimentados no saldrían así frente a un ser extraño, porque para ellos somos completamente extraños. Son redondos, pequeños… me recuerdan esas películas del viejo oeste donde bolas de polvo pasan rodando por el desierto. Eso parecen, enormes bolas de polvo, pero de colores increíbles. Si te fijas bien cuando ruedan, fácilmente puedes ver el espectro del arcoíris en uno solo. Durante el solsticio de verano se juntan en grandes manadas y ruedan hasta llegar a la orilla del lago, suben a esas rocas achatadas que hay por todo el derredor y cantan; es una lástima que no hayamos venido en ese momento, dicen que oírlos cantar es lo más hermoso del mundo. Todo el resto del año son animales solitarios. Los nimis crecen pegados al seno de sus madres, luego, al año de nacidos, se despegan de ella y se alejan a vivir su propia vida. No hay nimis machos pero no se necesitan, cada seis años un nuevo ser crece pegado al pecho del anterior.
Hay muchísimos nimis en todo el monte pero es difícil verlos por sus rápidos reflejos, así que permanezcamos muy quietos frente a éste, al que la curiosidad ha llevado a acercarse un poco más. Se dice que se alimentan de pequeños yigzags, pero cuando estos se acaban hay muchos problemas entre ellos y llegan a pelear a muerte unos con otros sacando sus pequeñas garras y dientes, porque aunque no se ven mas que como bolas peludas ese pelo esconde su verdadera figura. Los nimis son muy violentos entre ellos y es por eso que viven en soledad.
Nos arriesgamos a dar un pequeño paso hacia el frente y el nimi se esfuma tan rápidamente como había aparecido. ¡Qué lástima! Pero no nos interesa correr tras él. Sigamos buscando más cosas interesantes.


Yigzag
Por cierto, el yigzag es una especie de insecto pequeño, casi microscópico, que se alimenta de la sangre de los animales. Es una especie de mosquito miniatura de color rojizo. Te recomiendo, caminante, que te pongas repelente de una vez, sobre todo en cara, brazos y piernas.
Los yigzags se reproducen de una forma interesantísima: el macho deposita su semilla en unos picos que salen de la cabeza de la hembra y ella de ese líquido combinado con fluidos que posee crea una tela parecida a la de la araña, pero con colores fuertes y muy distintos. Dicen que la primera vez el color de la tela es morado vibrante y cuando ya están ancianas es de un rojo muy parecido al de sus cuerpos. En cada pequeña intersección de la tela descansa un microscópico huevecillo que lleva por seis horas a la cría. Después, al nacer, su primer alimento es esa misma cuna maravillosa que les han construido. Comen un poco y luego empiezan a volar, listos para buscar su propio alimento. Andan siempre en conjunto y parecen una nube roja cuando les ves de lejos. Ten cuidado, pues hay nubes de todos tamaños y si te atrapa una grande puede, incluso, acabar con tu vida. ¿Ya te has puesto el repelente?






Próximamente en sus librerías favoritas...

Extasis de dolor


Extasis de dolor
el vientre abultado
alma sobre el camino
que espera caer al vacío de
tus palabras
huecas
    obvias
        olvidadas
un río de petalos rojos
que aparece debajo de su falda
y arrastra la esperanza de vida
de tus ojos
fríos
   mecánicos
        lejanos
tu ni siquiera me conoces
pero la culpa es tuya
y sin embargo es mía
debería ser un dolor compartido
debería romperte el alma como a mí
sangrando
     triste
         sin vida
mi espíritu cae a pedazos en
la blanca tela de la cama
y bromeas con ella
con la dama que se encuentra a tu lado y
que parece tan distante como tú.

El sombrerudo




GLOSARIO

Chantli                 – casa
Uey oquichtli     – hombre grande
Atototl                 – gaviota
Chantin                – casas
Ostotl                   – cueva
Oquichtli             – hombre
Siuatl                    – mujer
Ichpochtli            – joven mujer
Auilnemilistli      – acto de amor
Chiuilistli              – humor
Oquichtin            – hombres
Chanequi            – chaneques
Kuaujtla               – bosque


El sombrerudo estaba triste. No tenía con quién jugar. Los parajes desolados cerca de la costa eran su hogar. Andaba entre las dunas, corría hasta alcanzar la cima y se dejaba caer palmeándose la retaguardia al levantarse. No le gustaba estar con los otros. Realmente nunca fueron sus amigos. Su rostro pequeño se deleitaba en el silencio. A veces se acercaba a las ventanas de la chantli y, escondido de la visión del uey oquichtli que allí vivía, escuchaba la caja sonora que hacían funcionar todas las tardes. Ese ruido no le molestaba, era como el ruido que escuchaba cuando empezaba a oscurecer, cuando el mar suena despacito con el aire y el atototl canta… así sonaba pero más bonito. De vez en vez se iba a las otras chantin a ver si oía algo que le gustara, pero no todas las cajas hacían ese ruido. Algunas sonaban como perros aullándole a los muertos y cuando eso pasaba, el sombrerudo se alejaba dando tumbos y tirando macetas y sillas que estorbaban su paso. Cuando llegaba la noche le sonreía a las nubes antes de regresar a su ostotl, solo, cansado y triste… No tenía con quién jugar. Alguna vez un oquichtli solitario se aventuraba por su morada, entonces él hacía su magia, escupía masa en sus manos, la moldeaba redondita y la aventaba al extraño. Lo hacía huir. Otras veces la que se acercaba era una siuatl y esa era más fácil de correr, simplemente cambiaba los caminos de lugar y la mandaba lejos, a donde no fuera a toparse con él… Ah, pero si era una ichpochtli bella no la dejaba alejarse hasta que aceptaba realizar el auilnemilistli con él. La convencía de que la amaba y que sería muy feliz y luego, cuando todo terminaba, la cambiaba de lugar y la ponía donde alguien de los suyos pudiera encontrarla, a veces también le quitaba de la cabeza los pensamientos… a veces no. Aunque tenía todo lo que necesitaba no tenía ganas de reír. A medianoche lloriqueaba bajo la luna azul sobre el mar. Dormía cada tres soles. Sus sueños eran vagos rastros de color sobre la nada. Sonreía melancólico mientras los otros sonreían maliciosos. No era como los demás. No le gustaba estar con los otros. Un sombrerudo normal sería más social, viviría con los demás y se divertiría robando el chiuilistli de los oquichtin. Los chanequi usaban el chiuilistli para adornarse. También lo daban de regalo a las sombrerudas. Antes, en otro tiempo, robaban una mula y un niño para conseguir mucho chiuilistli, ahora ya no era tan fácil. Cada vez había más oquichtin, cada vez más, y cada uno construía un nuevo hogar. Acababan con el kuaujtla, cortaban su madera y bebían sus manantiales. El sombrerudo vio como se acercaron al mar. Vio como tomaron la costa donde paseaba, destruían las dunas donde correteaba y tapaban la ostotl donde vivía. Entonces tuvo que buscar un nuevo lugar. Con ojos de profunda melancolía. Ojos que anhelan el ayer donde ellos caminaban como dioses por el mundo.